a propósito de La Venus de Urbino

Pintada en 1538 por Tiziano, La Venus de Urbino, a diferencia de otras Venus 
creadas por el maestro renacentista que simbolizaban el amor divino, 
la de Urbino es una alegoría del amor conyugal.
Esta magnífica obra fue encargada por el entonces futuro duque de Urbino seguramente para conmemorar su matrimonio acaecido en 1534 con Giulia Varano de Camerino. 
Basándose en este dato, muchos historiadores han visto esta pintura como una representación simbólica de la unión conyugal a la par que la exposición del plano erótico dentro de una relación.


En La Venus de Urbino la divinidad sostiene en una mano un ramo de flores, y en el alféizar de la ventana se puede observar una planta de mirto, símbolos florales asociados con Venus y el amor. Además la figura desnuda protagonista está realizada usando pinceladas amarillas, anaranjadas y sombras azules que consiguen un tono de piel melocotón cuyo aterciopelamiento aumenta el ya de por sí erotismo y la belleza que desprende la imagen.
Como en la mayor parte de las obras clásicas, el perro que duerme a sus pies 
simboliza la fidelidad y, en este caso, también la perduración del afecto conyugal.


 

En un segundo plano, sucede una escena intimista en la que las figuras de 
las doncellas confieren un toque naturalista y anecdótico al cuadro
ocupadas con los quehaceres domésticos ignorando la escena principal.


La Venus de Urbino es una obra extremadamente sensual e influyente en la que artistas como Manet se inspiraron para crear sus propias versiones. Aquí podemos ver a su particular Venus pintada en 1863, esta vez convertida en Olympia: una prostituta con un gato negro a sus pies.